Análisis Ley del Montes: Entre el ‘conejazo’ de las Farc y el terrorismo del ELN


¿Cuáles serán las consecuencias del proselitismo armado de las Farc en Conejo, La Guajira, y los ataques del Ejército de Liberación Nacional a la Policía en Casanare?

Cada día les resulta más difícil a los colombianos entender el lenguaje cínico y belicoso con que los grupos guerrilleros pretenden firmar acuerdos de paz con el gobierno de Juan Manuel Santos. En efecto, mientras pregonan su deseo de abandonar las armas para reintegrarse a la sociedad, ni las Farc ni el ELN dejan de realizar actos de terror en contra de la población civil o de atentar contra miembros de las Fuerzas Militares o de Policía.

Y uno de los colombianos que luce más confundido es el presidente Santos, quien un día anuncia en la Universidad de Los Andes que “nos falta realmente muy poco para poder entrar en la fase pública de los diálogos de paz con el ELN” y al día siguiente –luego de un ataque de ese grupo guerrillero a un grupo de policías en Casanare, donde murieron tres uniformados– afirma en Twitter que “esta guerrilla se equivoca si cree que con vil asesinato de policías va a forzar diálogos”.

Mientras el ELN ejecuta su macabra estrategia de llegar a la mesa de conversaciones con el Gobierno por un camino empedrado de muertos y torres de energía voladas, las Farc hacen alarde del cinismo que por siempre ha caracterizado a sus jefes y voceros. La más reciente demostración de insolencia corrió por cuenta de Jesús Santrich –delegado de ese grupo guerrillero en La Habana– quien luego del escándalo que produjo la ‘toma armada’ de Conejo, La Guajira, para socializar los acuerdos de paz, afirmó que “empiezo a sentir que el conejo es mi mascota favorita”.

Es decir, mientras millones de colombianos se mostraron indignados por el proselitismo armado de las Farc en Conejo y por su intimidación a la población civil –así como por su presencia con fusiles y otras armas de largo alcance en una escuela de ese pueblo de La Guajira– Santrich aprovechó la ocasión para hacer un chiste con semejante demostración de torpeza política y de falta de compromiso con los diálogos de paz.

Aunque la presencia armada de las Farc en La Guajira fue superada y el Gobierno y las Farc volverán a reunirse en la mesa de La Habana, lo cierto es que una vez más quedaron en evidencia las enormes fisuras que acompañan la negociación, que ya se encuentra en su fase final.

Lo ocurrido en Conejo no es –como piensan analistas amigos de las negociaciones de La Habana– un simple malentendido o una confusión por cuenta de la falta de rigurosidad de los protocolos. En Conejo, las Farc quisieron hacer una demostración de ‘fuerza política armada’ y enviarle un mensaje al Gobierno y a la población civil de cómo entienden sus jefes que se debe hacer política en Colombia, una vez culminen los diálogos con Santos. No es un asunto de protocolos, sino de real voluntad de paz.

El ELN –por su parte– arreció sus actos de terror, una vez comenzó a tomar cuerpo la negociación con el Gobierno. Lo mismo hicieron las Farc en su momento, y los resultados de esa funesta estrategia saltan a la vista.

La voladura de oleoductos o de torres de energía, así como los asesinatos de soldados y policías como demostración de un supuesto poder militar del que carecen les ha permitido sentarse en la mesa de negociaciones en las mismas condiciones de nuestras Fuerzas Militares y de Policía. De hecho, recientemente altos mandos militares le reconocieron al ELN su condición de ejército irregular, su unidad de mando y hasta el control territorial que ejercen en algunas zonas del país.

Dicho reconocimiento es –sin duda– un grave error político, militar y estratégico. ¿Qué sentido tiene darle estatus de ejército irregular a una organización guerrillera que realiza actos de terror? La definición de terrorista de las organizaciones guerrilleras la determinan los actos de terror que cometen y no una simple declaración de los jefes militares de un país, por sugerencia o recomendación de un grupo de civiles. El ELN y las Farc son grupos terroristas, porque realizan actos de terror. Punto.

¿Llega el ELN fortalecido a la mesa de negociación con el Gobierno? ¿Hay acuerdos entre las Farc y el ELN para realizar actos de terror? ¿Cuántos ‘conejazos’ faltan para firmar la paz con las Farc?

El ELN, despreciado por el pueblo y sin poder militar Asesinar a policías en Casanare, dejar sin luz a varios municipios del sur del Cesar, luego de volar algunas torres de energía, y secuestrar civiles, como Ramón ‘Moncho’ Cabrales, no es demostración de poderío militar, como piensan los jefes del ELN. Evidencia un afán de mostrar una fortaleza que no tienen y un deseo de “propinar golpes” para llegar posicionados a la mesa de diálogos. La verdad es que el ELN es hoy por hoy una organización guerrillera diezmada militarmente. Ni tienen control territorial ni ejercen dominio en zonas del país. El “paro armado” al que convocaron recientemente –para conmemorar la muerte de Camilo Torres– recibió el rechazo unánime de la población, que ya se cansó de sus abusos, como sucede con los habitantes del Carmen de Chucurí. Que lo digan los políticos que pretendieron llegar al pueblo pregonando las bondades del líder guerrillero dado de baja por el Ejército en Patio Cemento y que recibieron el desprecio de la población.

¿Hay alianza criminal entre las Farc y el ELN? Luego de que el presidente Juan Manuel Santos reconociera que facilitó el encuentro entre alias Timochenko –jefe máximo de las Farc– y alias Gabino –comandante del ELN– en La Habana, surgió una serie de inquietudes sobre los verdaderos alcances del encuentro. El Gobierno sostuvo que se trató de un encuentro para buscar acercar al ELN a una negociación con el Gobierno. Así también me lo expresó alguien cercano a la mesa de negociación de La Habana. Pero es evidente que después de dicho encuentro el ELN empezó a realizar actos de terror en zonas del país donde carece de fortaleza militar, o incluso de presencia con alguno de sus frentes. “En La Habana lo que hubo fue un acuerdo entre jefes guerrilleros para fortalecer al ELN, que ahora actúa con la complicidad de las Farc en todo el país”, me dijo un coronel retirado del Ejército, experto en inteligencia, con quien hablé sobre el aparente fortalecimiento militar del ELN. ¿Qué tienen que decir los voceros de las Farc en La Habana sobre esa versión? ¿Cómo se explica que un grupo guerrillero que no tenía ninguna capacidad de reacción militar y cuyos jefes estaban arrinconados en el Catatumbo hoy muestren presencia en buena parte del país, incluso en zonas donde nunca habían estado presentes?

Alias Joaquín Gómez, protegido por guerrilleros armados en el acto en Conejo, La Guajira.

¿Cuántos ‘conejazos’ hacen falta? En la fauna de los diálogos de paz, donde hay todo tipo de especímenes –desde lagartos que viajan a La Habana a conocerles las barbas a los guerrilleros hasta sapos, que tenemos que tragarnos los colombianos– solo faltaban los conejos. Y el conejo saltó en La Guajira, tierra de alias Joaquín Gómez, delegado de las Farc en La Habana, quien visitó su tierra hace 15 días para “socializar” los acuerdos de paz a punta de fusil. La presencia armada de las Farc en Conejo, La Guajira, llamada por el ex presidente Andrés Pastrana como “una toma guerrillera”, evidenció que los jefes de las Farc están muy lejos de entender cómo es que hay que hacer política no solo en Colombia, sino en el mundo. Los jefes de las Farc creen que pueden hacer política con fusil y parece que nadie en el Gobierno ha podido convencerlos de lo contrario. Es decir, después de más de tres años de encuentros y de conversaciones, ni Timochenko, ni Iván Márquez, ni Joaquín Gómez, ni mucho menos Jesús Santrich han entendido lo más elemental de la negociación con el Gobierno: que para hacer política deben abandonar los fusiles. Tanto es así que a Santrich le parece un chiste y por eso salió con la ‘perlita’ de que “mi mascota preferida es el conejo”.

Gobierno: es bueno que el perro muerda A algunos delegados del Gobierno en La Habana les pasa como a ciertos perros con caras de bravos: que ladran pero no muerden. Ladran cuando se arma el escándalo –como ocurrió con el de Conejo, que fue destapado por las redes sociales– pero a la hora de tener que enfrentar a los jefes guerrilleros bajan el tono de los ladridos. De forma tal que la opinión pública se queda sin saber cuál es el verdadero perro que defiende a los colombianos en La Habana: el que ladra enfurecido cuando las Farc cometen vejámenes y abusos contra la población civil, o el que mueve la cola juguetón cuando se sienta con sus delegados en La Habana. El episodio de Conejo –o ‘impasse’, como lo llamó el presidente Santos– debe servir para que los jefes de las Farc entiendan –¡por fin!– que el proselitismo armado no será tolerado en los actos de socialización de los acuerdos y mucho menos cuando culminen los diálogos. De vez en cuando es bueno que el perro muerda y no solo se conforme con ladrar. Si solo ladra, nadie lo respeta.

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